Microcuentos
Hora del almuerzo La gente en los pasillos, todos hambrientos, caminando hacia el comedor. Tomas y yo nos habíamos voluntariado para ayudar en la cocina. “Vayan a buscar las cajas de manzanas al almacenamiento”, dijo Beti, la cocinera principal del comedor. Bajamos por las escaleras que estaban a un costado de la cocina, casi escondidas. Nunca había ido al almacenamiento. Solo el personal de la cocina estaba habilitado para entrar. Cuando llegamos, había una luz blanca que iluminaba las paredes y el piso blanco. Parecía que estábamos en el cielo con tanta cosa blanca. Tomas y yo no éramos los únicos, habían otros chicos que también estaban ayudando, yendo y viniendo con cajas de comida. Había una habitación a parte en donde estaban las frutas. Tomas, siempre tan despreocupado y distraído, entró a la habitación como si nada. Pero yo me quede helada en la puerta. Había un tigre gigante durmiendo en el piso. “Tomas, hay un tigre. ¿Qué pasa si hacemos mucho ruido y se despierta?”, le decía...