Empezar desde cero: El amor después del miedo
Siempre fui buena estando sola. No por orgullo ni por autosuficiencia, sino porque aprendí a encontrarme en mi propio silencio. Me acostumbré a moverme a mi ritmo, a cuidarme, a entender mis emociones sin apurar nada. Total nadie estaba del otro lado esperando una respuesta. Durante mucho tiempo pensé que estar al lado de alguien podría sacarme de eje, de mi paz interna, de mi zona de confort, como si compartir mi mundo significara perderlo. Escuchar constantemente historias de desamores o vivirlas en carne propia afectó mi perspectiva del amor. Nunca creí en los cuentos de hadas, ni en las historias donde la princesa es rescatada por un príncipe. Al contrario, miraba a esas princesas como ingenuas. Pero, ¿qué tan malo sería sentirse salvada por primera vez?.
Después de largas reflexiones creo que en el colegio fue donde mi posición hacia los hombres se distorsionó completamente de manera negativa. Ver como actuaban tan libremente sin ninguna consecuencia, diciendo cosas irreversibles ante mis oídos y justificando lo injustificable, no ayudó en mi crecimiento como mujer. Constantemente los sentía como una amenaza. Como una competencia. Incluso aunque quieran darme algo genuino, yo actuaba desde la inseguridad de perder mí independencia. Evitando cualquier muestra de amor o interés. ¿Cómo culparme?. Nuestras experiencias son las que nos forman y yo, había sido marcada de por vida.
Nunca me sentí deseada. Sí, deseada físicamente lo viví, para las buenas como las malas. Pero nunca me sentí deseada por quién soy. Tener que pensar qué ropa ponerme antes de salir de mi casa para decidir si hoy me molestaba o no que me miren con ojos llenos de lujuria. Y, ver a otras mujeres alrededor mio que se quedaban en relaciones donde no eran valoradas, reforzó mi discernimiento pero no mi esperanza.
Creo que está mal decirlo, por eso lo escribo, pero hoy en día siento que no veo a gente realmente enamorada. Sí, veo cariño y afecto, pero ¿solo un “te quiero” y tener sexo define lo que es amor?. Escuchar a las personas hablar tan superficialmente de sus parejas me generó un nuevo miedo. Pensar que alguien podria hablar asi de mi. Escuchar todo el tiempo en redes sociales que “la energia femenina”, que “quién le habla primero a quién”, o los típicos consejos para generar una guerra con la persona que te gusta y no, simplemente, dejar que vea que sentís algo. El mundo en el que vivimos hoy no nos enseña a enamorarnos o amar sino que nos condiciona a ser robots sin sentimientos, todo para buscar una manera de manipular al otro para que se acerque en vez de hacerlo uno mismo.
Otro gran problema de las redes sociales, son las contradicciones constantes que surgen no solamente entre ambos géneros, sino también dentro del mismo grupo. Hay mujeres que hablan sobre “qué hacer para enamorar a un hombre” y es un discurso que avala la sumisión. Otras mujeres te dicen “el hombre se queda con la mujer que lo desafía” y es un discurso bastante feminista y empoderador. Y simplemente hay otras que dicen “el hombre nunca se enamora, todos son unos mentirosos y todos son unos infieles”. Tantas opiniones, tantos caminos de creencias y nunca un respiro para vivir sin estar a la defensiva.
Últimamente, noté un grave error de los medios que lo veo replicado en mi entorno cercano. El discurso sobre “darle la oportunidad al feo”. Un discurso que parece indefenso porque habla de ver más allá de lo físico y valorar más la personalidad. ¿Qué tiene de malo?. Obviamente, la sustancia de ese punto de vista está perfecta, pero nos olvidamos del contexto social en el que lo estamos diciendo. Un contexto histórico que se repite y reproduce a lo largo de las generaciones. Un contexto donde la mujer tiene que conformarse con lo mínimo. Hoy en día, la llamarían “migajera”. Es gracioso porque siempre termina con una “a”, como si la mujer siempre fuese el problema y el hombre queda fuera de la imagen. Algo que en mi opinión, no siempre es así, pueden invertirse los roles, pero en un mundo donde la mujer siempre va a ser el foco de la desgracia, no me sorprende.
Desde chicas nos enseñan que nuestro valor depende de la mirada de los hombres. Que tenes que ser más linda, más flaca, inteligente, pero no se te ocurra pedir un trato decente. Si reaccionás, si te quejás, si reclamás, si discutís, los hombres no te van a elegir nunca. Porque ¿a quién le gusta una mujer que sepa lo que vale?. Estas creencias con las que crecemos, pensamos que se quedaron en el pasado porque ahora somos “más modernos”. Pero sólo basta con salir a la calle y encontrarte millones de parejas donde la mujer parece modelo y su novio, que a parte de tenerle mal trato, no es muy agraciado. Estos patrones nos dejan ver grietas mucho más profundas de la sociedad. Donde la mujer, a parte de ser la cariñosa, la cuidadora, la salvadora, la psicóloga, la mamá y la responsable, tiene que ser el prototipo más hegemónico posible para ser “la elegida” por un hombre promedio.
Este tema lo encuentro mucho en mis amigas o gente que conozco. Mujeres inteligentes, maduras, ambiciosas, con un futuro brillante, eligiendo pobremente al drogadicto, al “nene de mama” o al “feo pero gracioso”. Incluso, he visto algunas salir con hombres que están interesados en ellas, aunque ellas no los encuentran atractivos o les de “cringe” su personalidad. Osea, una destrucción total de “elegir a quien a VOS te gusta” y dejar que te elijan por que a ELLOS les gustas. Aunque yo vea estas situaciones, a veces me canso de ser la amiga lúcida. Me canso de dar consejos y charlas terapéuticas de horas, para que al final del día vuelvan a elegir lo mismo.
Creo que este problema también se relaciona con el miedo a estar sola. Mucha gente está en relaciones no por amor, sino por miedo a la soledad. Y yo, acostumbradísima a estar sola, no lo puedo comprender. Capaz no es el miedo a estar solo, sino el miedo a perder valor, atención y amor que ellos mismos no se pueden dar. Más allá de las amistades y la sociedad, hay un entorno que nos forma desde el primer momento y es el más importante. La familia.
Crecer en un hogar donde papá no trata muy bien a mamá, no es muy esperanzador. Crecer en un hogar donde una mínima interacción siempre termina en una pelea, no te dan ganas de estar acompañada. Crecer en un hogar donde “mamá es ama de casa” y “papá es el que trabaja”, no genera un deseo de vivir así, sino un miedo de depender económicamente de alguien. Crecer en un hogar donde los hijos se ponen por encima de la opción del divorcio, no genera el sueño de “verse en un vestido blanco” sino evitar cualquier encadenamiento legal.
Nosotros capaz no nos damos cuenta. Pero la relación de nuestros padres es la primera que observamos y vivimos. La primera experiencia de demostración de amor que vemos al llegar a este mundo. Y si papá y mamá, nunca resolvieron sus heridas, nosotros vamos a repetir sus dinámicas. Si ellos se eligieron no por amor, sino por miedo a la soledad, nosotros vamos a repetir sus dinámicas. Si mamá se somete al mal trato de papá, nosotros vamos a repetir sus dinámicas. Por eso es importante encontrar las fallas dentro del sistema en el que nacemos. Es importante entender que nosotros NO somos nuestros papás y NUNCA lo vamos a ser. Todo es cuestión de reconocer y romper el patrón.
Retomando la discusión en redes, el año pasado tuve un gran cambio de perspectiva con respecto a la iniciativa. Siempre dejé que el hombre sea el que me elija, pero nunca me di la oportunidad de elegir yo misma qué o a quién quería. Casualmente, se me dió la oportunidad en bandeja de oro. Apareció un chico, me interesaba, yo notaba interés de su parte y di el primer paso. Digamos que aunque no salió mal, tampoco salió bien. Desde el primer momento noté sutilmente que tomó una postura un poco arrogante. Esa simple observación marcó un gran foreshadowing de cómo terminó la situación. Un hombre que le interesaba una chica, pero cuando ella tomó la iniciativa su ego masculino se vió amenazado causando que su arrogancia le gane. Esta historia terminó en un ghosteo. Aún así, honestamente agradezco que haya pasado esto, parte por que me salvé de caer en una trampa mucho peor y parte por que me enseñó mis fallas. Me mostró que yo estaba dando de más en lugares donde no recibía ni la mitad de lo que yo estaba dando.
A su vez, esta situación tuvo un patrón muy importante que, lamentablemente, se siguió repitiendo en mini vínculos que le siguieron. Me di cuenta que al parecer, yo era la única persona con un poco de curiosidad por saber quién era el otro. Siempre yo era la que sacaba tema de conversación que, aunque no me molesta tener un don para eso, también se vuelve desgastante y repetitivo ser la única que puede pensar una pregunta y sostener un intercambio. Actualmente, hay gente que usa la inteligencia artificial para todo, y ellos ni lo pudieron usar para pensar un tema de conversación. Todo esto retoma mi punto principal, nunca me sentí deseada por quién soy y la desesperanza sobre el amor hacía que mi soledad se vea como un lujo en comparación.
Por otro lado, empece a recibir comentarios sobre mi “intensidad” o sobre que yo “intimido a los hombres”. Y aunque al principio me chocaba, terminé preguntándome qué había detrás de eso. ¿Realmente intimido, o simplemente ocupo mi lugar sin pedir permiso?. Este tema me hizo reflexionar sobre cómo yo me posiciono ante ellos y al mismo tiempo, traía una sospecha mía sobre sus actitudes con respecto a mí.
A lo largo de los años, siempre obtuve dos respuestas al interactuar con hombres. Esta el arquetipo inseguro, que me ve como una amenaza a su masculinidad y siente que mi presencia le expone la vulnerabilidad que intenta esconder. Y esta el otro arquetipo, mas sensible pero desbordado emocionalmente, que me pone en un pedestal e idealiza todo lo que soy sin conocerme de verdad.
Ahí entendí que mi “intensidad” no es un defecto, ni un rasgo a suavizar para encajar. Sino que es parte de mi personalidad profunda, de mi forma de ver el mundo y justamente yo, que huye de lo superficial, no puedo verlo como algo negativo. Y mi supuesta manera de “intimidar a los hombres”, no nace de mí. Simplemente es una proyección de la inseguridad que habita del otro lado, no algo mío que yo tenga que cambiar.
Mi encuentro con estos tipos de hombres, lejos de apagarme, desencadenó una revolución de mi autoestima y mi valor propio, adueñándome de mis sombras y mis luces, dejando de esconderme por miedo a “ser demasiado”.
Pero algo pasó este año. Algo cambió dentro de mí. Me permití abrir más el corazón. Y siento que estar sola me dio herramientas, no barreras. Me enseñó a elegir con discernimiento, no a esconderme. Ahora ya no lo siento como una amenaza, sino como una oportunidad. Una posibilidad de crecer de otra manera, de sumar en vez de restar, de construir sin dejar de ser yo. Supongo que a veces uno cambia sin darse cuenta. Y cuando eso pasa, la vida también empieza a abrir puertas que antes ni mirabas.
A pesar de las películas de terror que protagonizaban mi vida amorosa, entendí que no me gusta estar tan sola. Que me gustaría salir, conectar, abrirme, explorar, enamorarme y dejar de ser tan pesimista. Dejar de pensar que todo el que se me acerca tiene un plan maléfico para manipularme, destruirme y robarme todo lo que tengo. Dejar de vivir tan a la defensiva y permitirme recibir amor y contención.
Porque sí, aprendí a sostenerme sola. Pero ahora quiero un espacio donde dos mundos puedan encontrarse sin lastimarse, y empezar algo nuevo sin cargar con viejos fantasmas. Sé moverme en soledad. Pero ahora quiero aprender a moverme acompañada, sin miedo a perderme, sin miedo a ser vista, dejando que el amor sea una posibilidad y no una amenaza. Después de tanto tiempo protegiéndome, entendí algo simple. No quiero un campo de batalla, quiero un puente. Y estoy lista para cruzarlo.
Pensar que este año lo empecé enojada, a la defensiva, cada vez más harta del amor. Y lo termino cerrando una etapa, soltando lo que fue y abrazando lo que será.
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