Cómo me convertí en chisme: Un recorrido por mi impacto social
Cómo me convertí en chisme: Un recorrido por mi impacto social
Este storytime es más ligero de lo que acostumbro a escribir. A veces, salir un poco del análisis profundo y tocar la superficie ayuda un poco a romper con tanta carga. No soy solamente profunda, también tengo mis experiencias graciosas o random. Y mi adolescencia fue el espacio donde la mayoría de estas historias encontraron su lugar.
El otro día volví a mis últimos años de secundaria. Donde algo importante pasó en la pandemia. Algo que a muchos (generalmente las mujeres por lo que escuché) les pasó. Una cuarentena donde empecé a explorar mi sexualidad. ¿Qué era lo que me gustaba?. Nunca me importaron las etiquetas, hasta ese momento siempre evitaba responder qué era. Incluso cuando tenia 11 años me daba vergüenza decir la palabra “heterosexual”. Nunca supe por qué, todavía me lo sigo preguntando. Pienso que venía más del lado de tener miedo de definir algo que capaz todavía no estaba segura. Y también, no me gustaba ponerme en una caja a mi misma. Prefería no definir nada y abrirme a la espontaneidad de lo que surja.
Pero en esa introspección forzada, empecé a considerar las etiquetas. Creo que la cuarentena, a pesar de haber sido un momento difícil para mí en cuanto a la carga que me daba el colegio (porque este no se supo flexibilizar ante la nueva modalidad de las clases online y requirió una exigencia poco empática), logró ser un momento clave para la introspección y el autoconocimiento. Sinceramente no me acuerdo como empezó. Pero si me acuerdo con quién empezó.
Clari, en su momento era una amiga de una de mis amigas más cercanas. Ella era de otra clase pero tenía un grupo aparte con mi amiga. Ella abiertamente era bisexual, le gustaba la misma música que yo, me gustaba como se vestía y toda su onda. Uno pensaría lo lógico, “es una oportunidad de formar una nueva amistad con alguien parecida a vos”. Bueno, yo en ese momento no lo entendí. De tanto encierro y poco contacto con el mundo, confundí mi interés amistoso por un crush.
Así fue como en la pandemia “descubrí que me gustaban las mujeres”. Una noche, hablando por el grupo de mis amigas, indirectamente confesé mi posición y mi nuevo interés. Todas felices por mi, intentaron hacerme gancho a distancia con Clari, algo muy ridículo teniendo en cuenta el contexto social. Yo muchas veces intentaba la típica de responderle una historia y sacarle charla.
Este crush no llegó muy lejos. No solo porque Clari me dejo de gustar (aunque años después entendí que nunca me gustó sino que solamente quería ser su amiga), sino porque hubo un giro inesperado. Quién diría que después de “soltar” a Clari, yo me volvería su amiga cercana. Este giro ocurrió a partir de la vuelta al colegio post pandemia, donde había que elegir orientaciones. Ambas elegimos sociales y casualmente también quedamos en el mismo curso. Al día de hoy, Clari sigue siendo de mis amigas cercanas y cada vez que me llega el pensamiento intrusivo de mi ex crush me rio internamente. Ella nunca se enteró. A veces pienso que sería gracioso confesárselo pero prefiero que quede como un secreto para llevar a la tumba.
Los próximos dos años, esta exploración la llevé más lejos aún. Hasta el momento no había agarrado interés por ninguna otra chica. Pero todo cambió cuando en una salida con amigas una me contó algo. Estábamos cenando y una de ellas me dijo que a Mili, una chica de otro curso que era amiga de ella, le parecía linda. Yo claramente no lo tomé como un comentario que incite otra cosa, simplemente un halago y hasta ahí. Pero los chismes siguieron y me llegó que Mili quería darme un beso. A todo esto, había una previa que un chico organizó y yo fui invitada. Esa previa venía con un pacto secreto entre mujeres para darse un beso. En paralelo, una amiga de Mili también quería chapar con una de mis amigas. Pensándolo ahora, estábamos todas medio alocadas y con ganas de explorar nuestra sexualidad.
Esa noche, no terminó pasando nada. No porque no había ganas sino por un tercero que se metió en el medio. Más allá de eso, esa previa cambió algo en como los demás me empezaron a ver. No porque alguien fuese homofóbico abiertamente, sino porque Mili fue muy abierta con su interés en la previa y mucha gente se enteró del pacto secreto.
Lejos de haber sido un desastre a nivel identidad o reputación, mi imagen se volvió foco de muchos. O mejor dicho, muchas. Porque sí, esa noche no solamente cambió algo en mí, sino también en otras chicas que se empezaron a rebelar más y abrirse más sexualmente con otras chicas. Literalmente, se abrió una etapa donde las mujeres chapaban entre sí y dejaban de lado a los varones. Me gusta pensar que yo fui una “trend setter” y puse de moda el lesbianismo en mi camada.
Aunque esa noche no fue la indicada, en unas semanas se acercaba la fiesta de egresados de la camada de arriba y nosotros éramos murga. Claramente, esta vez nada nos iba a parar. Pero días antes de la fiesta, surgió una nueva propuesta. OTRA amiga de OTRA amiga quería chapar conmigo. Y después de eso, al año siguiente, tenía nuevas propuestas. De chisme en chisme yo me iba enterando que había una nueva chica que quería “explorar” conmigo. Yo me sentía Duki cuando escribió “Rockstar”. Irónicamente, todas estas chicas eran amigas. Habían dos grupos, el de Mili y el de esta otra chica que mencioné. Parecía que yo tenía un efecto grupal. Algo que más adelante voy a explayar.
Al mismo tiempo, estaba la famosa “red de chapes”. O en otras palabras, “las internas de la camada”. Ver esa red, ver mi nombre, ver las flechitas apuntando a varias chicas y reirme porque yo me había chapado a más chicas que la mayoría de los hombres, fue un statement bastante feminista de mi parte.
Pero toda etapa tiene su fin. El año pasado volví a recapitular el tema de mi sexualidad y entendí que, a pesar de haberme divertido y experimentado, a mi no me gustaban las mujeres. Puedo reconocer su belleza y al sentirme cómoda con ellas, disfrutaba la cercanía.
A todo esto, también pasé por otras situaciones, o mejor dicho por otros grupos. Por alguna razón, yo tenía un efecto social en la gente donde yo podía estar con una persona y mágicamente gente de su grupo de amigos surgía de la nada, mostrando interés hacia mí. Como ya mencioné, pasó en el colegio con estos dos grupos de chicas pero también pasó en mi viaje de egresados.
Esta experiencia no fue tan divertida como las chicas. Acá tome más conciencia de cómo estaba siendo percibida. En mi texto anterior, hablé de mi experiencia con los hombres pero dejé esta historia para otro momento.
Era mi viaje de egresados. Habíamos ido a Porto Seguro en Brasil y esa noche tocaba la fiesta de disfraces. En esa fiesta mi grupo estaba muy disperso, unas bailando, otras hablando, otras comprando tragos. Una amiga y yo decidimos tomar un camino extra. Algunas habían llevado una cámara de fotos y la confiscamos para sacarnos fotos con los disfraces más graciosos o random que encontramos. En nuestra búsqueda, nos cruzamos con un chico vestido del chico de ratatouille. Este chico fue apodado para siempre por mi grupo, “El Cocinero”.
Cuando yo me saqué la foto con el cocinero, digamos que él no se quedó atrás y me empezó a hablar. Una cosa llevó a la otra y bueno, El Cocinero cocinó. Después de ese encuentro, apenas salgo de esa situación, otro chico me toma por sorpresa y me empieza a hablar. El famoso “El Mono”. Empieza a charlarme y de nuevo, una cosa lleva a la otra. Esta historia tiene varias capas. Porque este Mono tiene su propia historia dentro de la historia más grande. Y mientras se suman personajes, la historia se vuelve más compleja aún. (Dato curioso: Cuando El Mono me estaba chamuyando, una fotógrafa se acercó y nos pidió una foto. Después del viaje, cuando el drama estaba en su peak, yo agarré esa foto, la edité y nos puse al Mono y a mi en la cancha de Boca. Surgió por una pelea en Twitter con una amiga que reclamaba que yo nunca había ido a la cancha. Pero si lo hice. Con El Mono.)
Nuestro querido Mono, en el intercambio se ve que se “emocionó” un poco y empezó a hacer cosas, algunas pidiendo consentimiento y otras sin pedirlo. Cuando yo noté que él hizo algo apurado, de la nada sin preguntarme ni anticipar, yo ya estaba con la idea de salir de ahí. Eso mismo hice y escapé con la excusa de que “tenía que ir al baño”. Entonces me fuí al baño, me arreglé un poco en el espejo y salí a buscar a mis amigas. Acá se viene lo interesante. Mis amigas estaban hablando con un grupo de chicos. “Pablo Escobar”, “El Twink”, “El Pelado”, “El de la Peluca”, “El de Barba”, “El Pelirrojo”, “El Gay”, “El Ciego”, “El Cocinero” y “El Mono”. Así es, El Cocinero y El Mono eran AMIGOS. Y no sólo eso sino que estaban hablando con MIS amigas. (Aclaración importante: Todos estos apodos se inventaron a partir de dos cuestiones, su disfraz o una característica de su apariencia/personalidad. Al día de hoy, estos apodos siguen vigentes en mi grupo de amigas y los seguimos identificando de esta forma. Ninguno fue creado para discriminar, sólo ordenar quién era quién.)
Yo en ese momento me quedé procesando unos segundos. Porque El Mono HABÍA visto que yo hace dos segundos había terminado de chapar con su amigo y él aún así no lo tomó como un obstáculo. Yo llego a esa conversación, me quedo un poco dura y pensante y llega el gran comentario del Mono. Primero empieza a hablarle a Pablo Escobar (aunque me tiraba miraditas) y le dice en voz bien alta para que yo escuche del otro lado que él “estaba cansado y pensaba volverse al hotel antes”. Gracias Mono por esa indirecta tan directa de que querés llevarme a tu habitación para hacer cosas. Muy cariñoso de parte del señor “no pido consentimiento, hago lo que a MI me gusta y no sé cómo estimular a una mujer”. Hasta el día de hoy me sigue ofendiendo que él realmente pensó que yo iba a hacer algo con alguien que conocí esa misma noche y el cual yo solamente sé su nombre y el colegio al que va. Tremendo. Por algo los monos pertenecen a la selva y no a la sociedad con pensamiento crítico.
¿Cuál fue mi respuesta?, “yo no estoy cansada”. Sonreí, me di la vuelta y me fuí a buscar a una chica que ya la tenía ojeada para esa noche. A todo esto, esta mini interacción con El Mono y este chape entre amigos, no pareció despertar ningún problema para nadie, al contrario, lo que se despertó fue el interés de los otros.
La siguiente noche, yo volví a buscar al Cocinero para repetir la experiencia. Me había gustado y no me generaba nervios acercarme cuando yo sabía que ya había interés. Eso mismo paso y después, El Pelado (que se había chapado a una amiga la noche anterior) se me acerca bailando y me hace un gesto para darme la típica “vueltita”. Yo, sabiendo que no me parecía lindo y que a parte, mi amiga quería repetir con él esa noche, le sonrió y le hago un “no” con la cabeza.
Para terminar esa noche, no faltó la aparición del Mono. Yo estaba ojeando a otro chico y él se me acercó. “¿Lucia, no?”, me dice con tanta convicción que casi me explota un ojo. Le digo que no, que ese no era mi nombre y se lo digo con la peor cara. Acá se pone interesante, porque El Mono, en vez de aceptar su error, suavizar la situación y recompensar la incomodidad, redobló la apuesta. “A ver, ¿cómo me llamo yo?” me dice con una voz de caprichoso, como tomándome un exámen. Todo esto solamente expone la falta de conocimiento que El Mono tenía sobre mi. Esa noche yo estaba bajo varias sustancias y aun así, yo nunca me olvido de nada.
“Lucas”. Uno pensaría, bueno, ya está, Lucas bajó la defensa, se retiró de la cancha y aceptó que perdió el partido. Sorpresa, Lucas no se bajó nada, redobló la apuesta por segunda vez y cuando yo le dije su nombre empezó a hacerse el confundido como si yo me hubiese equivocado. La rabia que me dió en ese instante fue una gran razón para convertirme en villana. Saber que el chabon me estaba tratando de manipular sutilmente para que yo también quede mal hizo que me calentara. Y no de la manera que Lucas quisiera. Por suerte, una amiga sintió mi energía de “te voy a decir de todo” y sin pensarlo, me agarró de la mano y fui secuestrada por un milagro.
A todo esto, era extraño pasar estas situaciones por la noche y al siguiente día ver a esta gente en el desayuno con mi cafecito toda serena sabiendo que la noche anterior casi le arranco los pelos. Pero estas experiencias hoy en día las tomo con humor. Al final, ¿qué hubiese sido de mi viaje de egresados sin este grupo de varones tan peculiares?.
Como digo, esto no terminó acá. La noche siguiente uno pensaría “ahora sí, definitivamente Lucas no vuelve más”. Pero no. Por tercera vez Lucas volvió a intentar conmigo. No sólo él, también El Pelado y El de la Peluca.
Este último, El de la Peluca, formó una parte más importante de mi viaje y no para bien. Él era el verdadero “pajero insistente” que me perseguía a todos lados. Nunca en mi vida viví una situación que me desbordara tanto emocionalmente. Todas las noches terminaba enojada porque este chico no paraba de intentar acercarse a mí. Era una invasión a mi espacio que nunca había experimentado antes y eso también hizo que no supiera cómo reaccionar correctamente. Hoy le hubiese dicho directamente que no me interesaba y que me dejara en paz. Pero en ese momento no estaba preparada mentalmente para afrontar algo así. Este chico no sólo apareció en dos de las noches que mencioné sino también en una tercera, la última noche del viaje. Entonces mi última noche para disfrutar un momento tan lindo y memorable, se la llevó su peluca.
De nuevo, me tomo todo con humor, pero en esa época era desesperante no poder escapar de este grupo y sus actitudes. Ya era suficiente con querer escapar de la gente de mi colegio, pero ellos se sumaron a la ecuación. En paralelo, en mi colegio se estaba armando mucho kilombo. No sólo entre nosotros sino con otros colegios. Era gracioso ver la pelea de gente cheta. Había un colegio en específico que era de Pacheco. Obviamente todos ellos vivían en barrios privados y un insulto que le llegó a mi colegio era “Vicente López es re inseguro y seguro te roban”, como comparándolo con la Villa 31. Esta fue la clara confirmación de que esta gente nunca salió de su burbúja. Literalmente Vicente López es el barrio de los viejos chetos con osde, los colegios privados más conocidos y las familias tradicionales con perros y gatos todos felices. Uno de los lugares más seguros del conurbano que hasta parece el lugar ideal para vivir. Pero bueno, esta es la señal para no escuchar la opinión de alguien que fuma vape sabor sandía.
Acá quiero hacer una pausa. Un storytime dentro de otro storytime. Como dije, esta historia es una cebolla y tiene varias capas. En este colegio, el de Pacheco, había un chico, Octavio, que yendo a una excursión en micro, me empezó a hablar. Al principio pensé que me estaba boludeando pero resulta que simplemente estaba siendo buena onda conmigo. Aunque, dato importante, era el típico que quería quedar bien ante sus amigos. Cuando terminó el viaje, me enteré de que mi amigo del micro fue el mejor amigo de una chica que yo conozco cuando eran más chicos. Entonces sabiendo eso y sabiendo que se acercaba la fecha de su fiesta de egresados, le escribí por Instagram. (Otro dato curioso: yo ya lo seguía en Instagram pero de una cuenta vieja que él tenía. Andá a saber por qué yo lo seguía en su momento sin conocerlo. Pero bueno, así son las redes sociales.)
Cuestión, le escribo, le cuento esto de su amiga de la infancia y le escribo en chiste que me tenía que invitar a su fiesta de egresados. Yo igual vivía en mi propio mundo y no estaba teniendo en cuenta dos cosas. Uno, que su colegio odiaba al mio y dos, que él era el típico de querer quedar bien ante los suyos. Entonces no me respondió a eso y yo no le di importancia y seguí con mi vida. Pero esta historia no terminó en una charla de Instagram sino que siguió un poco más.
Había otro colegio que coincidió con nosotros cuando fuimos al viaje. Algunas de mis amigas se hicieron amigos de uno chicos entonces fuimos a su fiesta de egresados. Nosotras llegamos, saludamos y empezamos a bailar. En eso, yo veo un grupo grande de gente al lado nuestro. Por supuesto, Octavio estaba ahí. De vuelta, me tomo todo con humor y para mi ya es costumbre encontrarme con hombres con los que tengo beef en todos lados. Yo no le di mucha bola y seguí con la mía. Pero la vida no me quiso dejar en paz y me puso una situación enfrente mio para ver qué hacía yo.
Con mis amigas ya nos queríamos ir y en el camino hacia la salida, pasamos por al lado del grupo de Octavio. Acá pasó algo mágico. Estaba todo oscuro, la música estaba al palo, yo estaba distraída y aun así, logré escuchar lo que uno de los chicos dijo cuando yo pase por ahí. “Ahí va la muerta”. Yo apenas escucho eso, giro la cabeza, veo que todo un grupo de como ocho pibes me estaban mirando y bueno, yo no me quedé callada.
Ya para esa hora no estaba en pedo, estaba bien lúcida y yo no iba a aceptar ningún trato irrespetuoso. Entonces yo los miro y les hago una cara como “qué están mirando”. Después me agarró la loca y empecé a decir “qué te pasa” continuamente. A todos. A los ocho pibes que a parte, después se sumó otro que no entendía nada. Él también la ligó. Entonces la situación quedó así: un enano pelirrojo enojado gritándoles a nueve tinchos. Me acuerdo que mis amigas se asustaron y me preguntaban constantemente qué había pasado. Ellas me agarraban de los brazos y me llevaban a la puerta mientras que yo seguía gritándoles. Muy cinematográfico todo.
Hasta el día de hoy, yo estoy orgullosa de ese momento. No sólo porque ellos se lo merecían de arriba a abajo (ya que yo no fui la única a la que bardearon durante este periodo del viaje de egresados y el post), sino porque yo me les planteé sin pensarlo y defendí mi lugar. A todo esto, ellos no se esperaban que yo respondiera. Seguro que tampoco pensaban que yo iba a escuchar el insulto. Y por su lado, Octavio era el que estaba más lejos mío, más camuflado en la oscuridad, sin decir nada. Me sigue dando gracia el insulto. Sentí que un nene de diez años me estaba insultando. Y me enojó un poco. Si alguien quiere bardearme que lo haga como corresponde. Que use toda su creatividad y toda su bronca y me diga algo que me duela. Me aburrió un poco que no le hayan puesto onda.
Volviendo a Brasil, esta pelea hizo que la tensión esté presente todos los días y básicamente que todos odien a todos. Casualmente, charlando con otras personas, me di cuenta de que en muchos colegios ALGO pasó en el viaje de egresados. Ahora tiene sentido por qué todos andamos tan traumados.
Este grupo no quedó acá. El Pelado y otros chicos se hicieron muy amigos de una de mis amigas y dos semanas después del viaje, nos invitó a su cumpleaños. Yo tenía todo el derecho del mundo para decir que no, pero me interesó verlos fuera del contexto del viaje. A veces, uno cuando está en esos ambientes de alcohol y joda, se pierde a sí mismo y actúa de formas más erráticas de lo normal.
Entonces fui al cumpleaños y confirmé que no era la joda ni el alcohol ni el viaje, eran ellos. Siempre fueron ellos mismos. Me acuerdo de llegar con mis amigas y sentir ese aire tenso porque yo sabía que ellos tenían algo en contra mio. Más adelante en el cumpleaños lo confirmé. Solían hablar más con mis amigas y dirigirme menos la palabra, como si yo no estuviese ahí o no interesara lo que tenía para decir. Era interesante este resentimiento que ellos tenían hacia mi. Yo no fui la única que despertó el interés de varios. La amiga que conste que tuvo buena onda con ellos, también había generado su grupo de seguidores. Pero la diferencia, era que El Twink, se había enganchado demasiado con ella y ellos estaban más a parte del grupo. Osea, increíble saber que el respeto hacia una chica no sale de la empatía humana sino de si ella está disponible o no para todos.
Además, había una chica en el cumpleaños que solía ser de su colegio pero se había cambiado. Entonces ella no había ido al viaje y no nos conocía a nosotras. Kala me salvó la noche. Por suerte pegamos onda y nos llevamos muy bien muy rápido. En un momento ella me estaba hablando y me dijo de ir afuera porque quería fumar. Salimos al patio donde estaba la parrilla y todo este grupo charlando. En el mismísimo momento en que pusimos un pie afuera, todos se callaron, nos miraron y se fueron a hablar a otro lado. Yo no dije nada pero sabía que era por mi. Ya sabía que había generado un poco de revuelo en sus vidas y que ellos no estaban tan contentos de verme.
Pasaron unos minutos, Kala prende su cigarrillo, se pone a fumar y me pregunta si había pasado algo. Yo no entendía al principio y ella me dice que notó la actitud rara de los chicos cuando salimos afuera. Ahí yo aproveché, me desahogué, le conté todo y ella entendió sin más explicaciones.
Esa noche fue rara, ni buena ni mala. Simplemente rara. No me gustó cómo me sentí ni cómo fui recibida pero tampoco fue un maltrato muy abierto entonces ni mis amigas lo notaron. Pero yo sí lo sentí y me tragué todo en silencio. Para cerrar esta historia, después de un tiempo, con mis amigas confirmamos que este grupo tenía un patrón y problema que se repetía. Todos solían interesarse por la misma chica. Eso claramente genera inseguridades, competencias y desacuerdos. Por lo tanto, sea lo que sea que pasó entre ellos, no era algo que yo tenía que resolver.
Esa situación me hizo sentir un poco mal. No por lo que yo hice o dije, siempre actúe respetuosamente y en momentos de enojo puro, nunca exploté. Pero si me generó un malestar y pensamientos como “me sentí usada” o “me sentí un trapo que se fueron pasando entre ellos”. Es más, llegué a pensar que fue todo mi culpa. Que yo fui la que provocó y generó todo este lío. Creo que lo estoy exagerando, o capaz no. Cuando uno lee una experiencia así, le surgen ciertas opiniones. Asi que el veredicto final lo define el lector. Pero yo me sentí así, yo me sentí parte de un juego que yo no quería jugar. Y no hay nada peor que jugar con un grupo de hombres inseguros y pajeros.
Estos fueron mis últimos años de secundaria. Obviamente hay mucho más para contar pero esto resumen de mi trayecto con mi sexualidad y el deseo que generé en ciertos grupos sociales. Es medio loco pensar que esta misma chica que hizo estas cosas que conté, soy yo. Creo que cambié tanto que no me siento dueña de estas historias. Pero pienso que eso es algo bueno. Porque nunca se van a volver a repetir.
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